Una industria inmaculada

La producción de alimentos, medicamentos y múltiples artículos implica entornos de trabajo impolutos para respetar la máxima calidad del producto final. Otras superficies no tan obvias, como el exterior de los aviones, también deben cuidar al máximo su limpieza para no aumentar el gasto de combustible.

La limpieza influye directamente en la calidad de la producción. Muchos productos, y más aún los farmacéuticos, los alimentos o los componentes de alta tecnología, requieren unos pulcros procesos de fabricación no sólo en lo que se refiere a los uniformes de los operarios sino a la maquinaria empleada e incluso a la calidad del aire. Tal como asegura Valentí Casas, presidente de ITEL (Instituto Técnico Español de Limpiezas), “a la limpieza industrial cada día se le otorga más importancia porque no cabe ninguna duda de que en muchas ocasiones la calidad de la producción depende de ésta”.

En consecuencia, se trata de una actividad básica para la industria que no hay que tomar a la ligera. Dependiendo de los procesos que se vayan a llevar a cabo se ha de definir “un programa de limpieza así como desarrollar los correspondientes protocolos y procedimientos; en algunos casos, la limpieza por estética será suficiente, en otros, lo que primará será la higiene”, señala Valentí Casas.

Sin embargo, hay áreas de trabajo como las salas blancas que requieren una serie de tratamientos muy específicos. Casas pone el ejemplo de la de una planta en la que se elaboran, manipulan o procesan alimentos: “Para este caso es necesario diseñar sistemas donde la calidad aeróbica (la del aire) y la higiene de las superficies sea extrema. Incluso los operarios tienen que seguir un procedimiento de higiene personal predeterminado y utilizar un uniforme laboral de tipo técnico para evitar la proliferación de partículas de oxicelulosa o hidrocelulosa que emiten los textiles tradicionales”.

En cuanto a las salas blancas farmacéuticas, las condiciones serán las mismas, “pueden variar exclusivamente en función de los sistemas constructivos”, añade Casas. En ambos casos, tal como explica el presidente de ITEL, uno de los requisitos es sustituir los elementos de limpieza (bayetas, mopas, etc.) de algodón por los de microfibra, “ya que ésta al trabajar por capilaridad arrastra todas las partículas de polvo, suciedad y, a la vez, bacterias, gérmenes, microorganismos, etc.”. En las salas blancas electrónicas, por su parte, “lo más relevante es la calidad aeróbica y el diseño de metodologías que eviten la presencia de cualquier partícula de polvo en el ambiente”, insiste Valentí Casas.

Avances
Al igual que en el resto de sectores, las empresas invierten tiempo y recursos en investigación con la finalidad de lanzar productos al mercado que superen las capacidades de los existentes y sobre todo que faciliten las operaciones de limpieza. En palabras de Casas, “la innovación es constante. Cada 35 minutos aparece en el mercado una nueva máquina, un nuevo utensilio, un nuevo producto o una mejora tecnológica”.

Las tendencias apuntan a una evolución en lo que se refiere a la protección, es decir, aquellos artículos que al mismo tiempo que limpian una superficie la protegen porque ejercen un efecto barrera. Es el caso de los productos de limpieza de cristales que tras su aplicación se autolimpian y evitan que se ensucien de nuevo incluso en el caso de que llueva barro. Otros ejemplos están en los hidrofugantes (que evitan que un tejido o una superficie se ensucie), ignifugantes (que protegen frente al fuego), antiresbalamiento, etc.

El tema de los artículos y aparatos de limpieza para las necesidades actuales de la industria está resuelto. El problema está “en aquellas construcciones cuyos arquitectos sólo han pensado en la estética y no en la necesidad de su posterior mantenimiento”, critica Casas. “Lo que en muchas ocasiones —continua— provoca una serie de dificultades que se transforman en unos costes superiores para su limpieza”.

Limpieza de vértigo
Estos problemas para el mantenimiento de una superficie o de una construcción están a la vista de todos. En cualquier ciudad hay edificios de una altura considerable que implican una metodología especial para su limpieza exterior. Empresas como Vértice Vertical se han especializado en este tipo de trabajos en altura, en lugares de difícil acceso y en espacios confinados. En concreto, esta compañía ha sido creada por profesionales de la escalada y de la construcción. Su gerente, José María Puig, manifiesta cuáles son las fórmulas empleadas: “Mediante hidrolavadora de alta presión, chorro de arena, abrasión por fricción con maquinas eléctricas y lijas especiales, pulverizadores y limpiacristales de goma, etc. Todo depende de la suciedad y del material de las fachadas a limpiar”.

Trabajar en altura no facilita la labor en absoluto. Los operarios, por ejemplo, a veces no disponen de plataformas y deben colgarse de cabos sujetos a las cubiertas, incluso “las herramientas y los utensilios van atados al arnés del trabajador o en su defecto a la guindola o a la silla”, aclara José María Puig. Y además deben enfrentarse y prepararse para desarrollar la actividad teniendo en cuenta las inclemencias del tiempo. “El viento es uno de los mayores problemas para la correcta ejecución del trabajo. Lo solucionamos mediante desvíos o fraccionamientos con la instalación de anclajes a una altura intermedia, con lo cual reducimos su efecto y el del chicleo (efecto yoyó provocado por la elasticidad del cabo)”, detalla Puig. Y adelanta: “Otro problema es la lluvia; ensucia las fachadas y evita que podamos trabajar en condiciones de seguridad”.

Menos limpieza, más combustible
Pero la limpieza no sólo influye en la producción. En muchas operaciones afecta directamente a los costes. Es el caso de los aviones. Jesús Suárez Hernández, Maintenance Quality Manager de Aerolíneas de Baleares, constata que “existen dos motivos que obligan a una limpieza que además es programada: de índole técnico-económico y estética”. Este último factor es obvio porque los aviones son la imagen de la compañía. En cuanto al primero, Jesús Suárez, explica que “cuanto más suciedad se acumula sobre la superficie exterior de las aeronaves mayor es la resistencia aerodinámica de las mismas. Y para vencer tal resistencia el consumo de combustible se incrementa”. Por tanto, un avión sucio supone un aumento en los costes de cada operación o vuelo. Además, “en función del tipo de ruta que realicen los aparatos (por zonas de lluvia, desérticas, etc.) se debe definir la frecuencia de la limpieza, que en ningún caso tiene que ser inferior a una vez al mes”, matiza Suárez.

Desde Limpiezas Roda, una de las pocas compañías españolas especializadas en la limpieza exterior de aviones, su director general, Carlos Hernández, relata cómo en nuestro país el procedimiento empleado es totalmente rudimentario. “Se debe a la normativa medioambiental y a la falta de un tren de lavado como el de los coches o los camiones, que sí existe en distintos aeropuertos europeos y estadounidenses”, precisa.

Esta empresa realiza la limpieza interior de los aparatos en 22 aeropuertos españoles pero tan sólo se ocupa del exterior en dos de ellos, en el de Madrid y en el de Palma de Mallorca. “En ambos las aeronaves son posicionadas en un espacio habilitado para tal fin, ya que se dispone de un suelo preparado para la recogida de las aguas residuales que incluyen restos de hidrocarburos, aceites… además del jabón empleado en el lavado”, anota Carlos Hernández. Y prosigue: “Estas aguas van a dar a una red de saneamiento y recogida, a una depuradora especial que se encarga de separar los distintos elementos del agua contaminada”.

A falta de medios más prácticos, revela Hernández, “el tiempo empleado lógicamente depende del tamaño: diez horas y siete personas para un Boeing 747 y cuatro horas y cuatro personas para los aparatos más pequeños”.

Por otro lado, en las zonas de frío, la congelación del exterior de los aviones complica la operación de limpieza. “Las aeronaves se deshielan con glycol, que produce una película grasienta que además recoge mucha más suciedad”, concluye Hernández.