Tramontana en la industria del automóvil

Las personas vemos las mismas cosas de manera distinta. La razón de fondo está en los hábitos con los que nos acostumbramos a mirar a nuestro alrededor y en la sensibilidad que hemos desarrollado.

Hay una sensibilidad anglosajona, en la que el énfasis se pone en los resultados y la detección de oportunidades. Hay una sensibilidad latina, cuyo interés se centra en la seducción y en la creatividad. Hay una sensibilidad asiática, donde prima el equipo y la armonía. Y, por último, existe una sensibilidad germánica cuya prioridad son las tareas y la eficacia.

Hace pocas semanas un especialista americano escribía, refiriéndose a General Motors (GM) y la tremenda crisis en la que está envuelto: “No es ni el fabricante en serie de más bajo coste, ni tampoco está claramente situado de forma que los valores de la marca justifiquen que los consumidores paguen más sólo por tener en su garaje uno de sus modelos. GM está atascado en la media”.

Para muchos expertos, “atascarse en la media” es lo peor que le puede suceder a una empresa. Ese punto de no retorno donde el consumidor no es capaz de ver ningún signo diferencial al producto aboca a la compañía a tiempos difíciles, que generalmente suelen saldarse por la traumática vía de la reestructuración. La firma automovilística americana (que da empleo a unos 350.000 trabajadores) ya ha anunciado 35.000 despidos y recortes de hasta el 25% en ciertos pagos de prestaciones sociales. Sin duda una medida dura, que persigue poner orden en el balance de la compañía, que en algunos trimestres ha llegado a perder hasta 1.600 millones de euros.

Pero incluso en momentos en los que la tramontana económica azota con fuerza sobre el capó de esta industria se pueden obtener algunas lecciones. Unas enseñanzas muy valiosas, sobre todo en un país como España, donde el sector del automóvil tiene un peso tan específico en la economía.

Confianza récord
Los problemas del gigante del automóvil han llegado por tres rutas: altos costes laborales en relación a sus empresas competidoras, pérdida de producción y descenso de la cuota de mercado en Estados Unidos. La suma de todos estos ingredientes ha hecho que se llegue a la situación actual. Si los expertos inmobiliarios suelen repetir la muletilla: location, location (ubicación) cuando se refieren al valor fundamental de un inmueble, en la industria podríamos decir: product, product… El producto, ya sea en forma de bien (físico y tangible) o de servicio que se presta, condiciona el devenir de la empresa. Nada hay más básico y a nada se le debe prestar más atención. El producto tiene que ser claro, competitivo, atractivo, susceptible de mejora continua y que aporte el mayor grado posible de tecnología a la empresa que lo recibe. Da igual si la compañía sólo lo distribuye o si también lo fabrica. Lo esencial es que transmita esos valores.

Teniendo esta reflexión muy presente no es casualidad que Alemania e Italia, los dos países europeos que mejor imagen de producto tienen, el primero por tecnología y el segundo por diseño, sean también los que más optimistas se muestran de cara al futuro de sus empresas. Hacía más de 15 años que el índice de confianza empresarial alemán (IFO) no estaba tan alto como en esta última semana y algo parecido ha sucedido en Italia. ¿A alguien, pues, le queda alguna duda de la importancia de que su producto no se “atasque en la media”?