Los bioplásticos se embolsan una victoria

El bajo nivel de reciclaje de las bolsas de plástico a nivel mundial ha provocado que este embalaje se haya convertido en una amenaza ecológica. Ante la inminente prohibición del uso de las que no son biodegradables en los países en los que aún se utilizan surgen nuevas propuestas, como las fabricadas con bioplásticos.

Según Greenpeace, en España cada persona utiliza una media de 238 bolsas comerciales de plástico al año. Nuestro país tiene una de las cifras más altas de consumo de bolsas: 10.500 millones de unidades se reparten anualmente. Rápidamente se convierten en una basura de 100.000 t compuesta por un derivado del petróleo que no es biodegradable, resulta altamente tóxico si es incinerado y es, además, peligroso para la fauna.

Las complicaciones que provocan las bolsas de basura ha llevado a muchos gobiernos a promover medidas para desincentivar su uso y en algunos países en los que se ha llegado a situaciones insostenibles, como China, se han prohibido.

En España es previsible un movimiento en este sentido. En el borrador del Plan Nacional Integrado de Residuos (que cubre las actuaciones hasta el año 2015), elaborado por el Ministerio de Medio Ambiente en la pasada legislatura –y de probable próxima aprobación– se incluía la intención de reducir a la mitad el empleo de las bolsas de un solo uso para 2009 y la prohibición de las no biodegradables para 2010.

Solución biodegradable
Un buen nivel de reciclaje podría paliar los efectos nocivos de las bolsas de plástico, pero los datos no son muy halagüeños en este sentido, ya que en el país en el que más bolsas se reciclan en Europa –precisamente España– apenas se llega a un 11,5%, según la sociedad sin ánimo de lucro Cicloplast.

En el mercado están surgiendo otras propuestas para minimizar el impacto medioambiental de estos embalajes. Destacan las bolsas biodegradables. Estas bolsas pueden estar fabricadas con recursos derivados de los vegetales como la fécula de la patata, el almidón o la celulosa, con sintéticos no derivados del petróleo, como la policaprolactona (PCL), o con una mezcla de ambos tipos (la PCL, por ejemplo, es compatible con el almidón).

De estas soluciones requieren especial atención las que se sirven de los bioplásticos como único material. Al igual que el biofuel es un combustible derivado de los vegetales, el bioplástico es un plástico que también surge a partir de los vegetales. No se trata de un producto tan novedoso como pueda parecer. De hecho, la celulosa se ha extraído de la madera durante décadas y antes de la II Guerra Mundial, Henry Ford, impulsó el desarrollo de un plástico derivado de la soja que podría haber sido utilizado en la fabricación automovilística, aunque el proyecto no se retomó tras la Gran Guerra.

Según una de las empresas que se dedican a la fabricación de films y bolsas de bioplástico, Sphere España, de entre todos los vegetales la patata es la más adecuada para fabricar este material porque produce más fécula que otros y tiene un olor más neutral que el resto. La fécula es la materia prima que contiene el elemento esencial en la fabricación de este plástico ecológico, la amilasa, un azúcar de base. Con este producto esta firma, radicada en Zaragoza, elabora su Bioplast, un plástico en gránulos con el que pueden fabricar bolsas y films.

Por su parte, la compañía italiana Novamont, uno de los precursores de los bioplásticos en Europa, optó por otra materia prima para su polímero Mater-Bi, el almidón, que extraen, fundamentalmente del maíz, pese a que también utilizan otros vegetales, como la patata.

Bacterias fabricantes
Ya se trate de la materia prima que se trate, hay dos métodos básicos para la obtención de los bioplásticos, por fermentación o mediante la generación en la misma planta. En el caso de la fermentación, aunque hablamos de un proceso natural, se está empleando la biotecnología para desarrollar microorganismos específicamente diseñados para llevar a cabo la fermentación que se necesita en cada sustancia concreta. Se puede recurrir a la fermentación por bacterias. Éstas utilizan el azúcar de las plantas para poder efectuar sus procesos celulares y con ello generan un polímero que posteriormente se separa de ellas. Otra estrategia es aplicar la fermentación mediante ácido láctico a partir del azúcar de la planta, además es parecido al proceso en el que se usan bacterias, solo que lo que se obtiene es ácido láctico, que posteriormente se polimeriza en ácido poliláctico.

También es factible hacer crecer el plástico en las plantas, mediante ingeniería genética. Se ha conseguido que algunas plantas generen las encimas necesarias para que las bacterias creen plástico convirtiendo la luz del sol en energía. Gracias a este sistema, la planta fabrica plástico mediante su proceso celular. Después este plástico se extrae utilizando un solvente, separándose éste del plástico finalmente en un segundo paso.

Una bolsa fabricada con estos materiales, como la fécula de patata o el almidón, se descompone, según la empresa Lebi Bags, en menos de seis meses –frente a entre 500 y 1.000 años que puede tardar en descomponerse el plástico no biodegradable– y se convierte, gracias a los microorganismos del suelo, en agua, gas carbónico y biomasa. Y eso ocurre en el caso de que este embalaje se abandone, porque si se quiere, se puede hacer servir para abono, ya que el material es compostable (el compost se crea en una planta dedicada a ello, pero incluso los particulares podrían generarlo a partir de determinados desechos). Las tintas utilizadas en la impresión de las bolsas también son compostables.

  • Para saber más:
  • Bioplástico a partir de patatas
    Uno de los bioplásticos más interesantes es el derivado de la patata. El tubérculo elegido puede pertenecer a una de las más de veinte variedades que se crían exclusivamente para uso industrial. Entre un 17 y un 21% del vegetal es fécula que se puede aprovechar. Para obtener este componente es necesario hacer pasar a las patatas por diversos procesos, como el lavado previo, el fragmentado del tubérculo, la decantación, su posterior tamizado, un último refinado para obtener la denominada leche de fécula y, finalmente, la fécula utilizable en bioplásticos. Ésta se mezcla con azúcar y, en ocasiones, con copoliéster.

    Los ingredientes de esta receta plástica se mezclan y se calientan y, al igual que ocurre con el proceso de extrusión del plástico convencional, se hacen pasar por un tornillo sinfín a cuya salida el producto queda en forma de hilos, que se enfrían mediante un baño de agua. Estos hilos son guillotinados en un bastidor, que los convierte en gránulos. Estos gránulos son similares a los de otros plásticos y se usan prácticamente de la misma manera que aquéllos, si bien las máquinas empleadas en la transformación requieren de algunos cambios para poder operar con estos nuevos materiales.

    El séptimo continente
    El principal problema de la bolsa de plástico es su perdurabilidad. Lo que en un principio podía ser una ventaja hoy es, precisamente, su peor credencial. La resistencia de este producto hace posible que gracias a las corrientes pueda ir acumulándose en determinadas zonas, lo que es una trampa mortal para la fauna marina, como es el caso del llamado séptimo continente, una placa formada por unas 3,5 millones de toneladas de basura compuesta fundamentalmente de plástico, que flotan en un punto entre las costas de Hawai y la costa americana.