La ‘tormenta perfecta’ descarga en España

Lo que empezó siendo una crisis americana centrada en el sector inmobiliario se ha trasladado a Europa y, por ende, a España. La actividad industrial se resiente de las dificultades para acceder a la financiación, los altos precios de las materias primas y la elevada inflación. Nos encontramos frente a lo que algunos denominan la tormenta perfecta.

Hasta hace poco más de un año, la economía mundial vivía uno de sus mejores momentos en varias décadas. Las tasas de crecimiento no sólo eran altas, sino que se veían acompañadas por una reducción de tradicionales desequilibrios como la inflación o los déficits fiscales. Además, era un crecimiento bastante democrático, pues prácticamente todos los países del planeta venían haciéndolo en mayor o menor medida. Y, para mayor sorpresa, los países emergentes eran los que más tiraban del carro de la economía mundial. Gracias a ello, en amplias zonas de África, Latinoamérica o el sudeste asiático, los niveles de pobreza estaban descendiendo de forma considerable.

Este periodo de bonanza se sustentaba en la abundante liquidez existente en los mercados financieros debido a unos tipos de interés anormalmente bajos, en la incorporación a la economía mundial de amplias zonas del planeta por los efectos de la globalización y en un manejo más responsable de las políticas económicas. Y no es que no hubiera problemas, sino que éstos, como por ejemplo el alto precio con el que el petróleo nos venía incordiando desde 2004, no parecían ser lo suficientemente poderosos como para acabar con ese periodo de vacas gordas en la economía mundial.

En esas andábamos, cuando durante el verano pasado estalló en Estados Unidos la llamada crisis subprime, que no sólo certificó el estallido del boom inmobiliario norteamericano, sino que, además, supuso el pistoletazo de salida de la desaceleración económica mundial y, por cierto, también de la española.

Liquidez estrangulada
El primer efecto de la citada crisis fue poner en jaque y hacer entrar en pérdidas a todos aquellos bancos, en particular, norteamericanos y europeos, que adquirieron activos que contenían esas hipotecas de mala calidad. Pero lo que es peor, ha provocado una contracción de la liquidez en los mercados financieros internacionales. Dicho de otra manera, los bancos redujeron los préstamos que se hacían entre sí, porque sentían miedo de prestar a quienes hubieran comprado activos que contuvieran hipotecas basura. Y pensaban que podrían acabar teniendo problemas de solvencia –como finalmente ha ocurrido–, ya que la valoración de esos activos se había depreciado notablemente. En realidad, no sabían quienes podían estar contaminados, pero lo que si sabían era que había entidades contaminadas. Y, ante la duda, por si acaso, mejor no prestar.

Y como los bancos dejaron de prestarse a los niveles que lo hacían, el Banco Central Europeo, la Reserva Federal norteamericana o los bancos centrales de Suiza y de Inglaterra, tuvieron que convertirse en prestadores, por lo que inyectaron grandes sumas de dinero en esos mercados, con la esperanza de que las aguas volvieran a su cauce. Pero se han encontrado con que sus esfuerzos no han dado mucho resultado puesto que los bancos han acaparado esos préstamos, por lo que la sequía se ha mantenido en los mercados interbancarios. La mejor prueba de ello ha sido el comportamiento del Euríbor, que inició una senda alcista que le ha llevado a alcanzar máximos históricos, a pesar de que el Banco Central Europeo mantuvo los tipos de interés en el 4% hasta poco antes de este verano.

Si a esta falta de crédito, fundamental para que una economía funcione, le unimos la fuerte subida del precio del petróleo y de los alimentos, que ha elevado los índices de inflación de modo sustancial, tendremos todos los ingredientes de la que ha sido denominada como la tormenta perfecta.

Porque ahí precisamente radica el problema. Cuando una economía entra en desaceleración o en crisis, lo normal es que las tasas de inflación disminuyan, dado que, como la demanda es menor, los precios tienden a moderarse. Esta moderación da margen de maniobra a los bancos centrales para bajar los tipos de interés, favoreciendo la recuperación del consumo y de la inversión y, por tanto, la economía puede retomar el camino del crecimiento. Pero, sorprendentemente, a pesar de la desaceleración económica, la inflación a nivel mundial ha aumentado en el último año, por causa de los altos precios que el petróleo y algunos alimentos han alcanzado. Eso ha impedido que, por ejemplo, en la zona euro los tipos de interés hayan bajado –bastante contentos deberíamos estar con que sólo hayan subido del 4 al 4,25%–, agudizando los efectos de la crisis financiera.

Explota la burbuja
En España, a esos ingredientes, que han afectado al conjunto de economías occidentales, hay que sumarle uno particular: el estallido de la burbuja inmobiliaria. Cierto es que no hemos tenido crisis subprime, ya que nuestras instituciones financieras apenas adquirieron ese tipo de activos como hicieron muchas de sus homólogas europeas. Pero no es menos real, que los bancos y cajas españolas están sufriendo por igual los efectos de la sequía financiera, al existir sobre ellos una elevada percepción de riesgo por su gran exposición al negocio inmobiliario. De hecho, aunque las tasas de morosidad se mantienen aún en niveles soportables, han crecido de forma notoria en los últimos meses y seguirán haciéndolo en los próximos.

Además, el estallido de la burbuja inmobiliaria y el consiguiente parón de la construcción se han producido de manera mucho más abrupta de lo que se esperaba. La caída en la venta de viviendas ha colocado a muchas empresas del sector en situaciones financieras complicadas, que en algunos casos han acabado en concursos de acreedores. Pero lo que es peor, la acusada disminución de la actividad constructora ha afectado gravemente a diversos sectores industriales, dado que la construcción tiene importantes efectos de arrastre sobre el conjunto de la industria y de los servicios: si se construyen menos viviendas, se necesitan menos ladrillos, puertas, lavadoras, camas o sofás; y también menos camiones que los transporten.

Fuente: Banco de España

En consecuencia, la economía española se halla en una situación verdaderamente complicada. No sólo el desempleo y la inflación han aumentado de forma nada desdeñable, sino que el crecimiento ha disminuido casi de golpe: un 0,3% en el primer trimestre y apenas un exiguo 0,1% durante el segundo. Además, el déficit exterior sigue imparable, ya que el descenso de las importaciones de manufacturas por la caída del consumo y de la inversión se ha visto sobradamente compensado por el brutal incremento de la factura energética, mientras que las exportaciones apenas han crecido por culpa de la atonía de nuestros mercados tradicionales de destino.

Fuente: Banco de España

Si bien lo peor es que en lo que va de año el superávit público, la joya de la corona, se ha tornado en déficit debido al descenso de la recaudación por impuestos y a unos mayores gastos por desempleo. Y, sobre todo, por las cuestionadas medidas que ha tomado el Gobierno para afrontar la desaceleración: devolución de 400 euros, cheque bebé, ayudas al alquiler…

Limitadas opciones
¿Qué se puede hacer entonces para revertir la situación en la que estamos? Pues desgraciadamente, la Administración tiene un estrecho margen de actuación, ya que no controla muchos de los instrumentos de política económica que podrían utilizarse. No puede bajar los tipos de interés como ha hecho Estados Unidos, puesto que esa competencia la tiene el Banco Central Europeo, y éste no está por la labor ante la elevada inflación que actualmente hay en la eurozona. Tampoco puede devaluar, un recurso que fue muy efectivo en la anterior crisis de 1992-1993, pues no tenemos moneda propia. Además, la divisa europea se encuentra bastante apreciada, lo cual dificulta nuestras exportaciones fuera de la zona euro. Y de dentro de la misma, poco puede esperarse, pues Alemania, Francia, Italia y Portugal, que son junto con el Reino Unido los principales destinos de nuestras exportaciones, se hallan en una situación tan complicada como la nuestra, al tener todos ellos crecimientos muy bajos o negativos en el segundo trimestre.

Sólo queda el ámbito fiscal, aumentando el gasto público o disminuyendo algunos impuestos, pero una vez dilapidado el superávit con el que contábamos, las posibilidades merman si no se quiere entrar en abultados déficits, que implicarían aumentar el endeudamiento del país. O poner en marcha las profundas reformas estructurales que necesita la economía, un proceso siempre complejo, pero que, aunque se acometiera, tardaría bastante en dar resultados. Por consiguiente, parece más fácil que la recuperación se produzca por una estabilización de las condiciones que han provocado la tormenta: restablecimiento de las condiciones crediticias internacionales, tasas de inflación más moderadas una vez que el petróleo y los alimentos vuelvan a niveles de precios más acordes con la realidad y recuperación de la confianza entre los agentes económicos.

Ajuste profundo
Pero independientemente de que esto ocurriera y de que algunas de las medidas que el Gobierno ha tomado, o pueda tomar, ayudaran en ese sentido, la economía española se verá sometida a un profundo proceso de ajuste, sobre todo en el mercado inmobiliario. Durante años, España ha basado su crecimiento en un modelo en el que la construcción ha tenido un peso destacado. Y, a pesar de los deseos de la Administración de redirigir el patrón de crecimiento hacia uno basado en la productividad, poco o nada se ha hecho en ese sentido. La mejor prueba de ello es que en cuanto el ladrillo ha cambiado su tendencia, la economía española ha empezado a derrumbarse como un castillo de naipes.

  • Para saber más:

  • El lastre del paro y el Euríbor
    El desempleo no ha parado de crecer desde principios de año, incluso en los meses veraniegos, una época en la que tradicionalmente se reduce por la temporada turística. Y si a un desempleo creciente, le unimos la mella que en el bolsillo de los ciudadanos provocan la constante subida del Euríbor y unos precios que no paran de aumentar –la inflación está en cotas desconocidas desde hace más de una década–, no sorprende que la sensación de crisis se haya extendido entre consumidores y empresarios. Sensación que durante mucho tiempo el Gobierno ha tratado de minimizar, hasta que la tozudez de las cifras le han forzado a asumir la gravedad de la situación.

    La especulación se lo pone crudo al petróleo
    Es la pregunta más repetida en los últimos tiempos. ¿Qué es lo que provoca que los precios del petróleo y de algunos alimentos hayan alcanzado máximos históricos en un momento en el que la economía mundial está desacelerándose? Si bien son fenómenos distintos, la raíz del problema parece común. Por un lado, el precio del crudo venía aumentado por el incremento de su demanda, debido al mayor consumo energético que implicaba el desarrollo de la economía mundial y, en particular, de países como China o India.

    Pero cuando la actividad económica comenzó a ralentizarse a principios de año, y por tanto el consumo de energía fue menor, el petróleo continuó su senda alcista hasta rozar la cota de los 150 dólares el pasado mes de junio. ¿No debería haber bajado al disminuir la demanda de energía? Pues probablemente sí, lo que nos lleva a pensar que tras esa subida hay que buscar razones que exceden del ámbito de la oferta y de la demanda. Y no habiendo problemas de producción, ni factores geopolíticos significativos –más allá del riesgo latente por el desarrollo del programa nuclear iraní–, todo parece indicar que los responsables serían los capitales especulativos que han entrado en los mercados del oro negro ante la ausencia de rentabilidad en los parqués bursátiles.

    Capitales que ya estaban presentes en determinados mercados de materias primas minerales como el oro, el cobre o el zinc y que en los últimos meses también han llegado con fuerza a los de algunos alimentos como el trigo, el maíz o el arroz. Y aunque los niveles que han alcanzado no serían posibles sin el concurso de esos capitales especulativos, también es posible explicar parte del aumento de su precio por el incremento de la renta per cápita en muchos países emergentes –lo que lleva a amplias capas de sus poblaciones a elevar su consumo de carne, aumentando la demanda de grano para alimentar a más ganado–y por la creciente utilización de los biocombustibles.