Kioto

Ahorrar, mejorar el rendimiento, buscar nuevas formas de energía, comprar emisiones a quienes menos contaminan o estudiar la manera de almacenar el dióxido de carbono, responsable del calentamiento de la Tierra, son algunas de las fórmulas que tienen las empresas para afrontar el Protocolo de Kioto.

Los días para contaminar menos están contados y desde la ratificación del Protocolo de Kioto las empresas más contaminantes y emisoras de CO2 (dióxido de carbono), papeleras, cementeras y energéticas, principalmente, o reducen y controlan sus gases o podrán ver cerradas sus fábricas. El reto es difícil: la contaminación alta y el periodo para cambiar las formas y modos de funcionar corto… pero hay fórmulas. De esta manera, las casi mil empresas que aparecen en el Plan Nacional de Asignación de Emisiones (PNA) del Ministerio de Medio Ambiente con una cuota máxima de emisión deben combinar sus mejores cartas para desde ya contaminar menos, ser más eficientes a la hora de producir o ir pensando a qué empresa más limpia comprar derechos de emisión.

Las cuentas son claras y no hay vuelta de hoja. El Protocolo de Kioto en España implica que el promedio de las emisiones de gases de invernadero en el periodo 2008-2012 no puede superar en más de un 15% las de 1990, aunque en la actualidad sobrepasan el 45% –España es el país de la Unión donde más han aumentado las emisiones–. En euros, si no cumplimos con el Protocolo firmado, la multa puede ir de 751 a 4.532 millones de euros (dependiendo de la infracción). Y esa factura pasa por todos: en un primer lugar, las empresas contaminantes, luego el Estado y al final, todos los españoles, que además de costearlo, viviremos los efectos del cada vez más preocupante efecto invernadero.

Ahorrar emisiones
El primer punto a abordar es el ahorro, tanto a nivel empresarial como particular. De forma global, las grandes corporaciones, el Estado y el público en general deben entender que para contaminar menos hay que ser más consciente del consumo y reducirlo. La regla es sencilla: si se ahorran emisiones o lo que es igual, contaminación, el bolsillo se resentirá menos –para unos y para otros–. El coste para el usuario en caso de que se ahorre es nulo y ello repercutirá en una factura energética menor. Y a pesar de que la gran carga de reducir emisiones cae principalmente en las empresas contaminadoras, responsables de más de un 50% de las emisiones totales, el resto es también responsabilidad de otros sectores no regulados (agricultura y ganadería, con un 11%, por citar un ejemplo). En este sentido, el Ministerio de Medio Ambiente en su intención por cumplir Kioto quiere implicar tanto a los sectores emisores (incluidos los difusos como el transporte) como a la Administración, compañías, sindicatos, ciudadanos de a pie, ONG y las diversas administraciones (ministerios, comunidades autónomas y municipios).

En segundo lugar, las empresas deben estudiar el mejor rendimiento de sus instalaciones a la vez que ir utilizando energías renovables, dos aspectos diferentes pero que según los expertos deberían ir a la par. “Se trata de producir lo mismo pero con menos consumo y menores recursos energéticos y desarrollar masivamente energías renovables, subrayando la palabra masivamente”, señala Luis Miguel Romeo, profesor de la Universidad de Zaragoza y director del curso de posgrado “Reducción, captura, almacenamiento y trading de emisiones de CO2”. Para Romeo, resulta chocante que en un país con la cantidad de horas solares que tiene España no se haya hecho apenas nada en cuanto a su aprovechamiento energético y recuerda que estamos en el furgón de cola de la Unión Europea respecto a energía solar, con 10 m2 de placas solares instaladas por cada 1.000 habitantes (Alemania multiplica esa cifra por más de siete y Chipre tiene 600 m2 por cada 1.000 personas –aunque su densidad de población sea menor–).

En un tercer nivel las empresas también pueden optar por la disgregación y almacenamiento del dióxido de carbono. El profesor explica que una medida más es la separación del CO2 del gas de combustión y su posterior estancamiento bajo tierra, una opción viable en determinados procesos pero que nuevamente requiere de inversión. Esta fórmula cuenta con tres modalidades: en pozos de petróleo vacíos –sin ningún tipo de riesgo, pudiendo incluso mejorar su rendimiento–; en acuíferos salinos o en minas de carbón abandonadas, una vía hoy por hoy menos factible y que requiere de mayor desarrollo e investigación.

La cara amarga de Kioto
Nadie, ni empresarios, ni gobiernos dudan de que el calentamiento del planeta pasa factura, pero a pesar de la casi unanimidad del Protocolo de Kioto, firmado por 38 países industrializados con la gran ausencia de Estados Unidos, la serie de medidas para evitar el tan temido efecto invernadero cuenta con detractores. Algunos de sus adversarios afirman que el acuerdo no es ambicioso, y señalan que para que fuese efectivo haría falta reducir las emisiones en un 60 u 80% en 2050. “Los ecologistas pedíamos más, pero también reconocemos que las medidas establecidas van en la dirección adecuada”, afirma Mar Asunción, responsable de Cambio Climático de Adena. Ante esa pega, Luis Miguel Romeo utiliza el símil de un coche: “Si el vehículo va a gran velocidad no se puede frenar de repente, para hacerlo bien, primero hay que reducir y luego, por supuesto, frenar. Eso tendremos que hacer en las negociaciones después de Kioto”, concluye el profesor universitario.