Conocimiento como camino a la prosperidad

Poco nuevo por descubrir: las economías más prósperas son aquéllas que más decididamente apostaron por la mejora de su capital humano. La Liga de Campeones de la economía mundial (en términos de renta por habitante, competitividad y productividad), la encabezan un año más Estados Unidos y los países del norte de Europa. El denominador común en ambos grupos, muy desiguales en algunos ámbitos, es el lugar preeminente que en las empresas y en la sociedad se le otorga al conocimiento: a la disposición de ventajas intangibles con las que diferenciarse de los competidores y paliar de esta forma los mayores costes relativos.

Apostar por la innovación
En un sistema económico crecientemente globalizado, abierto a la emergencia de economías menos desarrolladas, con costes más reducidos en el factor trabajo, la diferenciación se erige en la pieza esencial para garantizar la continuidad competitiva de una economía. Y ello exige, en primer lugar, el reforzamiento de las habilidades de los que trabajan, pero también la intensificación de la formación de los que dirigen las empresas, y, no menos importante, una apuesta tanto pública como privada por el fortalecimiento de la inversión en investigación, así como la rápida adopción de sus frutos y de la innovación que se genera en aquellas otras naciones que investigan e innovan mas rápida e intensamente.

Este es el reto más significativo de los que hoy tiene planteados la economía española. La asunción de su prioridad no sólo corresponde a las administraciones públicas, sino igualmente al conjunto de los agentes económicos privados. Afortunadamente, no es un empeño caro y, desde luego, es un esfuerzo absolutamente rentable, como ya hemos verificado en aquellos países que hace años anticiparon los desafíos competitivos que hoy vivimos.

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